Los líquenes, que crecen sobre los árboles de los bosques mediterráneos, pueden ofrecer información valiosa sobre el estado del medio ambiente. Tradicionalmente se han usado como indicadores de contaminación atmosférica por su sensibilidad a los cambios ambientales. Sin embargo, un estudio liderado por la Universitat de València, con participación del Instituto Cavanilles de Biodiversidad y Biología Evolutiva (ICBiBE) y el Parc Científic de la UV (PCUV), revela una mayor complejidad en la respuesta de su comunidad interna de microalgas al deterioro.
El estudio, encabezado por Tamara Pazos, investigadora del Departamento de Botánica y Geología de la UV y del ICBiBE, ha comparado ejemplares aparentemente sanos con otros que presentaban distintos grados de deterioro visible. Los resultados muestran que la diversidad de microalgas no disminuye uniformemente con el daño; de hecho, crece ligeramente ante deterioros moderados y solo se reduce cuando este alcanza niveles muy severos.
Los líquenes son una asociación simbiótica entre un hongo y organismos fotosintéticos como algas o cianobacterias. Mientras el componente fotosintético produce nutrientes, el hongo le proporciona estructura y protección. Esta relación y su sensibilidad ambiental los hacen útiles para el seguimiento de la calidad del aire. Alteraciones externas como cambios de coloración o pérdida de tejido pueden ser síntomas de estrés ambiental, pero el nuevo estudio demuestra que no explican completamente lo que sucede en su interior.
«Recientemente se ha descubierto que en el interior del liquen no solo se encuentra la pareja de simbiontes, sino que les acompaña toda una comunidad de microalgas y otros organismos, a los que hasta ahora se había prestado poca atención», explica Tamara Pazos. El trabajo amplía el análisis a estas microalgas asociadas, incluidas las minoritarias que pasan desapercibidas con métodos tradicionales. Es el primer estudio que explora la relación entre el daño morfológico visible y la diversidad de toda la comunidad de microalgas.
Para investigar estos cambios, el equipo combinó dos técnicas de secuenciación de ADN. Uno de los hallazgos más relevantes es que la diversidad de estas comunidades no sigue una evolución lineal. «De hecho, crece ligeramente cuando el deterioro es moderado, y solo cae cuando el daño es muy severo. Este hallazgo sugiere que el aspecto de un liquen no siempre refleja lo que ocurre en su interior», señala Pazos.
Este comportamiento plantea nuevas preguntas sobre las respuestas de las comunidades microbianas al estrés ambiental y el papel de las distintas especies en la estabilidad de los líquenes. La investigación también destaca la importancia de combinar observaciones visuales con técnicas moleculares. Además, revela una elevada diversidad de microalgas asociadas, incluyendo especies aún no descritas formalmente.
La presencia y estado de los líquenes se utilizan desde hace décadas para estudiar la calidad ambiental. El estudio amplía esta perspectiva, mostrando que el análisis de sus comunidades internas de microalgas puede aportar información complementaria a la evaluación de daños visibles. Esto abre una vía para perfeccionar las herramientas de bioindicación ambiental, aunque los resultados se centran en la relación entre el deterioro y la diversidad interna, sin establecer por sí solos una medida directa de la contaminación atmosférica.
La investigación ha contado con la participación de Eva Barreno, Isaac Garrido-Benavent, Patricia Moya y Salvador Chiva de la Universitat de València, así como de Pavel Škaloud y Veronika Kantnerová de la Universidad Carolina de Praga. Ha recibido financiación de la Generalitat Valenciana (programas PROMETEO) y del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.




