Durante décadas, la naranja valenciana ha gozado de una reputación consolidada como sinónimo de calidad, sabor y confianza para los consumidores. Esta asociación, transmitida de generación en generación y reforzada por más de un siglo de liderazgo exportador, representa un valor añadido diferencial que ahora se encuentra en riesgo debido a la globalización, los cambios en los hábitos de consumo y la creciente competencia de otros países productores. Para salvaguardar este patrimonio intangible, la IGP Cítricos Valencianos, creada en 1999, juega un papel fundamental.
El director gerente de la IGP, José Enrique Sanz, destaca la importancia de la promoción y la diferenciación para mantener la posición de la producción valenciana en los mercados. El objetivo no es solo aumentar las ventas, sino conservar una identidad construida durante generaciones y evitar que el origen valenciano pierda capacidad de generar valor. El riesgo principal es que la naranja valenciana pase a competir exclusivamente por precio con productos de países como Marruecos, Egipto, Turquía o Sudáfrica.
La citricultura valenciana afronta problemas estructurales como el abandono de explotaciones, el minifundismo, el incremento de costes y la falta de relevo generacional. Esta situación se ha visto reflejada en la reducción del número de almacenes citrícolas, que ha pasado de cerca de 350 hace tres décadas a unos 180 o 200 actualmente. A pesar de ello, la IGP ha incrementado su implantación, contando con 64 operadores inscritos y comercializando cerca de 24 millones de kilos la pasada campaña. Sanz considera que su valor estratégico y efecto tractor superan su porcentaje de producción.
La marca institucional Naranja Valenciana y Mandarina Valenciana, creada en la campaña 2022-2023 con diseños de Nacho Lavernia, busca trasladar el origen al punto de venta. La IGP se basa en un estricto sistema de control, con registro previo de parcelas y auditorías, y una política de tolerancia cero ante el fraude para garantizar la trazabilidad. La normativa también impide el uso de referencias al origen valenciano sin certificación oficial.
Con un presupuesto anual cercano a los 300.000 euros, la IGP ha centrado sus esfuerzos en acciones dirigidas al canal profesional y la distribución. La expectativa ahora está puesta en el impulso institucional de la Conselleria de Agricultura, con un presupuesto de dos millones de euros para promoción, que permitiría campañas dirigidas al consumidor final. También se valora positivamente la reanudación de campañas de promoción con fondos europeos a través de Intercitrus.
El principal reto, según Sanz, es mantener la vinculación de las nuevas generaciones con la calidad asociada a la naranja valenciana. A diferencia de otros competidores, la promoción no parte de cero, sino que activa una reputación ya existente. Las características del clima valenciano confieren a la naranja diferenciaciones vinculadas al sabor, coloración y cualidades organolépticas, que permiten defender mejor los precios y trasladar valor al agricultor, similar a la percepción del plátano de Canarias.




